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Al parecer

El relojero (cuento)

En diciembre ya era de noche cuando salíamos del colegio. Un poco antes de las seis el encargado de la calefacción ponía una buena cantidad de carbón ––“que si no, se hielan las tuberías por la noche”–– y la clase estaba muy calentita. Mi pupitre estaba junto a la pared y me gustaba ver cómo el calor del radiador levantaba las hojas de un calendario situado encima.

Sonó el timbre y toda la clase se fue alborozada al pasillo a coger los abrigos. A los más pequeños nos ayudaban a poner la cartera en la espalda porque con aquellas hombreras no podíamos pasarnos las correas. Mi hermano me las estaba metiendo por los brazos cuando le dije:

––Toño, hoy quiero ir por el Corrillo y la Rúa.

––No. Tenemos que ir por donde todos los días. Le viene mejor a Manolo.

 

Manolo Pérez vivía en la calle Libreros. Era un chico delgado, como la mayoría de los niños de entonces. Y uno de los más altos de la clase aunque era de la edad de Toño. Manolo Pérez era revoltoso y polvorilla. Al profesor, el Hermano Juan, le disgustaba que fuera el peor alumno y continuamente le reprendía su vagancia escolar:

––Manuel Pérez... Pereza.

Manolo le dedicaba los peores insultos. Decía por lo bajo:

––Pues él es un hachepé...

Volví a insistirle a mi hermano:

––¡Pero si de la calle la Rúa a Libreros hay un cachito de nada!

––Lo que pasa es que te da miedo del relojero...

Vaya si sentía pánico a la hora de pasar delante de la tienda del tío Cojo, pero no quería reconocerlo:

––¡Es que la calle de la Compañía tiene una cuesta muy grande y me canso mucho!

No había forma de convencerlos. Para Toño y Manolo Pérez pasar por delante de la Relojería Martín era el momento más atractivo del día.

 En el temible cruce de calle Meléndez con calle La Compañía estaba la persona que más temor me ha producido en la niñez: el tío Cojo. No vendía relojes; los reparaba. Siempre estaba sentado mirando a la calle ––tal vez para aprovechar la luz natural; aunque a mí me parecía que lo hacía para controlarme mejor––.

Nos estábamos acercando a la tienda y subí a la acera de la derecha, la más alejada de la relojería. Mi hermano empezó a cismar a Manolo Pérez para que me dijera “lo del ojo”.

––Cuéntale.

Sentí terror cuando le oí:

––El tío Cojo tiene un ojo de cristal y le sobresale un trozo así. Un día se lo vi y casi me cago de miedo.

Me quedé en la acera, delante de la tienda. Mi respiración estaba agitada como cuando jugábamos a echar carreras. Comenzaron a llamar la atención dando saltos, desde el centro de la calle, gritando: “¡Tío Cojo!, ¡Tío Cojo!”.

No me podía mover. Si viniera alguien podría ponerme a su lado y salir de aquel calvario, como algunas otras veces.

Por allí no pasaba ni un alma.

Me pegué todo lo que pude a la pared y comencé despacito a caminar, pero sin perder de vista el cristal del escaparate. Al relojero no se le veía la cabeza; la luz del flexo le daba en las manos y pude ver perfectamente que dejaba de trabajar. Toño y Manolo Pérez se fueron corriendo. Aquel hombre se levantó rápido y salió. Apareció delante de la puerta de la tienda y miró algo que llevaba en la mano. Solté un grito y arranqué a llorar. De cuatro zancadas llegó hasta la pared contra la que me había apretado. Solté un alarido y con los ojos desorbitados grité todo mi terror...

––No voy a hacerte nada... Toma, estos caramelos son para ti. Hace mucho que quería dártelos.

No pude alargar la mano. El señor Martín me puso los caramelos en el bolsillo del abrigo y dijo cosas para que me tranquilizara. Acarició mi mejilla, colocó la cartera que se me había salido, y dijo:

––Hasta cuando quieras.

¿Habéis sentido, cuando por la noche vais por un sitio con poca iluminación, una cosa en la espalda, como si os fueran a atrapar? Pues con esa impresión fui a las escaleras de La Clerecía. Desde allí, Toño y Manolo Pérez lo habían visto todo.

Empezaron a preguntar, excitados, qué me había “hecho”, si le había visto el ojo de cristal...

Recuerdo que les comenté en voz alta lo que estaba pensando:

––No es cojo.

Noté en el bolsillo los envoltorios de celofán.

––Me ha dado caramelos.

Toño y Manolo Pérez, casi susurrando, seguían con su afán de fomentar los miedos:

––Pueden estar envenenados...

FIN

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