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CRÍTICA DE LIBROS: “La casa de los veinte mil libros”, de SASHA ABRAMSKY

“Las palabras no se tiran. Podrían, algún día, ser útiles”.

Durante décadas, Chimen Abramsky organizó encuentros épicos, en su fascinante casa de Londres, llena de libros, y reunió a muchos de los grandes intelectuales de la época. Hijo ateo de un famoso rabino ruso, se exilió a Inglaterra y allí descubrió los escritos de Marx, pero la Segunda Guerra Mundial interrumpió sus estudios. Primero fue miembro del Partido Comunista aunque en 1958 reconoció los crímenes cometidos por Stalin y se reinventó a sí mismo como pensador liberal, humanista, profesor universitario y experto en manuscritos de la casa de subastas Sothebys.

Su nieto, Sasha, recrea en este fascinante libro un mundo perdido, dando vida a la gente, a los libros y a las ideas que llenaban la casa de sus abuelos en un magnifico y absorbente texto.

El autor no sólo cuenta la historia de su familia (principalmente la de su abuelo Chimen) sino también la historia judía, la literaria y la política del siglo XX. Viene a decirnos que, en gran medida, la vida es una lotería cuya suerte la deciden fuerzas con frecuencia casuales, ajenas a nuestra voluntad, pero a cuyas decisiones contribuimos queramos o no.

A Chimen Abramsky la hambruna no le dejó crecer (medía 1,55 m); en Bielorrusia no había nada que comer. En su exilio de Londres regentó una pequeña librería judía y se especializó en libros y documentos históricos, tratando de comprender  la cultura y el civismo; explicarse cómo y por qué las grandes culturas y civilizaciones entran en declive: las teorías de la historia. En su casa particular amontonó veinte mil volúmenes y legajos, verdaderas joyas bibliográficas. Tenía libros en los que Marx había hecho anotaciones o documentos en los que Lenin escribió comentarios al margen; o un libro que Trotski se llevó al exilio…

A pesar de que su padre era rabino Chimen fue ateo. Tras las catastróficas consecuencias de la Guerra Mundial –con la revolución y el hundimiento económico– muchos abandonaron sus creencias religiosas judías y se dirigieron hacia una nueva fe política: el comunismo. Abramsky se convirtió en un estudioso de la lucha de clases y, consecuentemente, de los derechos de los individuos. Por aquellos años se negaban con fuerza las implacables purgas en la Unión Soviética y los encarcelamientos en masa de Stalin. No se quería ver lo malo. Arthur Koestler había dicho: la fe es algo maravilloso; no sólo puede mover montañas sino también hacerte creer que un arenque es un caballo de carreras. Toda fe verdadera (la comunista también) es intransigente, radical, purista.

La casa de los veinte mil libros” es un libro muy recomendable, especialmente para los inquietos amantes de la Historia. Se nos va contando cómo la oscura visión de la condición humana da paso a su vez a un movimiento intelectual que, finalmente, culmina en el fascismo y las delirantes teorías encarnadas en “Mi Lucha”, de Hitler.

Es muy enriquecedora la descripción de las tertulias de grandes pensadores en la Casa, mientras consumían las viandas que la esposa de Chimen preparaba para agasajarlos a diario: Desde el momento en que abrías la puerta era una casa de libros, te impresionaban los grandes y gruesos tomos del salón en el que te sentabas. Era un lugar de aprendizaje y charla. Todo el mundo hablaba. Era una galaxia de talento.

En una de aquellas reuniones narra el autor que alguien tachó a Hitler de loco. Abramsky mantuvo enérgicamente que eso era inexacto: explicó que Alemania se había ido deslizando hacia la clase de caos que allanó el camino para que un monstruo como Hitler asumiera el poder y, una vez en el poder, utilizara las formidables instituciones burocráticas para convertir Europa en un matadero. Los mecanismos del Holocausto fueron el racionalismo encerrado en sí mismo, la ciencia pervertida, la filosofía secuestrada. Los resultados sí fueron una locura, pero surgieron de una autosuficiente y burocrática lógica del mal. Un mal que clasificó cuidadosamente a los judíos en trabajadores y desempleados, especialistas y no especialistas, sanos y enfermos…

También dedica algún tiempo a la Guerra de España. Durante años los progresistas de Europa soñaban con un frente popular, mientras que las grandes democracias occidentales contemplaban la desaparición de la República española sin hacer nada. Sin embargo, fueron los comunistas quienes intervinieron en un malogrado intento de salvar la República.

Inglaterra puso de moda el libro de bolsillo en los años de la Gran Depresión; eran libros pensados para llevarlos en el bolsillo de la chaqueta, para sacarlos fácilmente y leerlos en el metro. Libros editados para el hombre común, en un momento en que se asumía con normalidad que los ingleses de toda clase y de toda condición social estaban interesados en enriquecerse intelectualmente.

Una verdad que, aún hoy, causa sana envidia. Aristóteles sostenía (cuatro siglos antes de Cristo) que en todas partes la desigualdad es una causa de revolución.

No se pierdan este libro. Y no duden en recomendarlo. Será la sorpresa del próximo año, que les deseo muy feliz.

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