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CRÍTICA DE LIBROS: Jean–Claude Izzo y la trilogía de Marsella

Serie negra mediterránea

“Total Khéops”,Chourmo” y “Soleá”.

El amigo Paco Camarasa, gran conocedor de novela de intriga y fundador de  la librería Negra y Criminal de la Barceloneta, ha escrito un libro titulado “Sangre en los estantes”. En sus 450 páginas analiza los títulos y autores de la literatura criminal.  Afirma: Total Kheops, de Izzo, es el libro que más hemos vendido en la librería. Más de 1.500 ejemplares. Si tuviera que recomendar un solo libro de novela negra (no confundir con novela policial) sería sin duda Total Kheops.

Vázquez Montalbán puso como protagonista de sus novelas de intriga al detective Pepe Carvalho; el escritor Andrea Camillieri (en claro homenaje a su amigo el citado autor catalán), llamó Montalbano a su protagonista; lo mismo que Izzo, admirador confeso, poniéndole al suyo Montale. Estos tres, más el veneciano Brunetti (de Donna Leon) y Jaritos, del griego Petros Márkaris, forman el “quinteto mediterráneo”. Los cinco tienen en común varias cosas: por ejemplo, su amor por la gastronomía pues el hecho de comer es un acto social y lúdico; el vino pide palabras y conversación.

Nada que ver con los  policías americanos que bebían litros de bourbon o de cerveza, casi siempre en desgarradora soledad.

El paisaje explica a las personas: Vázquez Montalbán ha integrado en su obra a Barcelona como un personaje más; Venecia es connatural a Brunetti; Jaritos es Atenas; Sicilia forma parte de la vida de Montalbano; Izzo es Marsella.

  Estos personajes no utilizan armas. Los tres, son muy subjetivos y a la vez arbitrarios. Prefieren dialogar a detener. Tienen padres, novias, amigos y sabemos muchas cosas sobre ellos y sus sentimientos. Los conocemos más.

Saben las pautas de comportamiento de su comunidad. Y, sobre todo, emplean su formación social, cívica y política para denunciar.

 

 

El autor Jean-Claude Izzo (1945-2000) era un marsellés puro. Hijo de un inmigrante italiano –que huía de Mussolini– y de madre inmigrante española –que huía de Franco–. Había sido militante del partico comunista francés. Creía en la justicia, en la ley y en el derecho… que nadie respetaba puesto que los mismos polis eran los primeros en saltárselos a la torera.

Izzo, un poeta. Del más puro género negro:

–No deberías habérmelo permitido – le dice ella.

– ¿Permitido qué?

–Que te amara.

Este escritor habla de sí mismo:Cada año tacho de mi agenda los nombres de los amigos que habían dicho una frase racista. Desprecio a los que solo aspiran a un coche nuevo y vacaciones en el Club Mediterráneo. Olvido a todos los que han jugado a la Loto. Amo la lectura y el silencio. Andar por las colinas. Beber Casis fresco. Lagavulin u Oban, en la noche cerrada. Hablo poco. Tengo opiniones sobre todo. La vida, la muerte. El Bien, el Mal. Me vuelve loco el cine. Me apasiona la música. Ya no leo novelas de mis contemporáneos. Y, sobre todo, detesto a los que no toman partido, a los tibios”.

Su estilo es característico, seco, de huida; articulado con el mayor desapego, como si no tuviera tiempo. Para Izzo, la vida está llena de intersecciones. Es acertada la descripción que realiza de los caretos de yonquis, macarras, atracadores, camellos, chantajistas, negros, gitanos, comoranos, trabajadores interinos, parados, soplapollas públicos y deportistas…

En las cárceles había seis jóvenes por cada adulto. Para echarse a llorar.

Los chicos marselleses de su época hablaban un francés curioso: mezcla de provenzal, italiano, español y árabe. Y un argot, el verlan (el francés al revés, en las palabras cortas; por ejemplo: dicen duper por perdu = perdido), en un lenguaje cifrado para que no lo entiendan los otros. Porque los críos entre ellos sí se entendían con esa jerga. “Hablar al revés, marchar hacia delante”.

La “multiculturalidad” puede funcionar, pero cuando llega la crisis los problemas se agravan: no hay trabajo para los de fuera.

Con acierto, Izzo traslada el deje de aquellos moritos:

tengo nada.  mi no me va eso. Tinis que vinir…

O sus descripciones de los grafiti en la Facultad. ”Pintadas racistas: árabes y negros, fuera. Uno había añadido, por si alguien no lo tenía claro: los judíos también”.

Fabio Montale, el despreocupado protagonista de la Trilogía, había sido delincuente juvenil, como la mayoría de jóvenes del barrio mestizo en que nació. Sus dos amigos de la infancia, Ugo y Manu, siguen en el delito, pero Fabio se hace policía. Un flic (madero, pasma) escéptico. Un poli autodidacta que bebe malta escocés y Pastís (anís marsellés); escucha música de Thelonius Monk, Coltrane y Miles Davis. Es un autodidacta que se acuesta leyendo “Entre mareas”, de Conrad. Confiesa: Las armas me han asustado siempre. Incluso siendo policía. Sabía lo que eran. Bastaba con apretar el gatillo. Tenías la muerte en la punta del dedo.

Montale es un apasionado de la comida:

La cocinera, Celeste, había engordado unos buenos tres kilos. Ahí donde más se nota. En el pecho y en el trasero. Sólo con verla daban ganas de ponerse a cenar.

Y de las mujeres. Le gustan mucho las mujeres. Y él a ellas. Personajes femeninos (en las tres novelas) con infinitos matices. Son fuertes e independientes y se equivocan. Dice Montale: Me hacía falta valor, a veces. Sobre todo ante las mujeres. Especialmente ante las mujeres a las que quiero. Una de ellas, su gran amor, es una española: Lole. Huele a menta y albahaca. Su olor durante el amor.

“A menudo se me antojaba que estrechar un cuerpo de mujer era, de alguna manera, retener contra uno esa inefable alegría que baja del cielo hasta el mar”.

A Fabio le encanta charlar. Era una época en la que la gente todavía sabía hablarse. Eso te da sed. Y te lleva tiempo. Pero el tiempo no contaba. Nada corría prisa. Todo podía esperar cinco minutos más.

La Trilogía de Marsella la forman los tres títulos protagonizados por el policía Fabio Montale y la ciudad del sur francés; abierta al mar, pero atravesada también por odios racistas, integrismo religioso y  la delincuencia más cruel. Chocando culturas mestizas y mezclándose. Marsella pertenece al exilio. Esta ciudad nunca será otra cosa que la última escala del mundo. Su futuro es de los que llegan. Nunca de los que se van. Camus había dicho Son a menudo amores secretos los que se comparten con una ciudad. Para Europa, Marsella es la primera ciudad del Tercer Mundo. La belleza de Marsella no se fotografía, se comparte.

Las tres novelas podían inscribirse en el subgénero neopolar (Polar, abreviatura de Policier). Es un movimiento literario que renueva el género negro en Francia. Se desarrolla en los ambientes sombríos de los suburbios donde la muerte está muy presente. Tiene mucha carga de intención política.

La estructura de la Trilogía es similar: En cada una, el prólogo ––narrado en tercera persona––, que es el inicio de la trama. Luego empieza la narración de Montale, en primera persona.

* La novela Total Kheops fue escrita en 1995. Es un libro amargo, desgarrador, triste. No deja indiferente porque su lectura viene cargada de matices. El título hace referencia a una canción de rap marsellés, que suena como “total caos”, caos absoluto.

La muerte de una destacada figura de la mafia marsellesa llevará a Fabio Montale a introducirse en una oscura trama en la que se entretejen la xenofobia, la marginación y la satanización de los inmigrantes magrebíes, la corrupción y la amenazadora sombra de la extrema derecha. En Marsella, donde demasiado tarde, uno se encuentra de lleno en pleno drama. Un drama antiguo, donde el héroe es la muerte.

Es una apabullante denuncia sobre la inmigración.

Y, sin duda alguna, una de las grandes obras que se han escrito en novela negra.

*Chourmo” (1996)es el segundo título. Chourmos eran remeros de las galeras; la chusma, en provenzal. Fabio Montale –de ascendencia italiana y española–, es Chourmo, charnego, pied noir o meteque…

Guitou, un jovencito cuya única culpa fue amar a una bella muchacha de origen argelino, encuentra la muerte de manera absurda. Fabio Montale abandonará su apacible retiro para desentrañar la compleja trama de mafias e integrismos que irán dejando en el camino demasiados cadáveres.

En un momento de la novela, el protagonista dice: Un inmigrante es alguien que no ha perdido nada, porque allí donde vivía no tenía nada. Su única motivación es la de sobrevivir un poco mejor.

Describe certeramente cómo los peces gordos y los políticos están atados de pies y manos. Todos ellos desean hacerse un hueco al sol. Piensan que, una vez en lo alto, tendrán poder suficiente para hacer limpieza. Acabar con las malas costumbres y las malas compañías. Pero no. Es imposible. Desde el primer momento (desde la primera corbata) estás atado y sin salida.

Y, sobrevolando, la mafia prestando dinero a las empresas con dificultades. Dinero negro, evidentemente. A unos intereses de locura, quince, veinte por ciento.

El final es tranquilizador. Las lágrimas son el único remedio contra el odio.

Termina así: Me eché a llorar. Joder, qué gusto.

* El título Soleá (1998), cierra la Trilogía. Hace referencia a la columna vertebral del cante flamenco, la soleá. El silencio perfecto al final de la canción. La pieza que interpretaba magistralmente Miles Davis.

Una apabullante denuncia sobre la corrupción mafiosa. La novela congela la sangre y corta la respiración.

 

Babette, una joven periodista de Marsella, está profundamente agobiada. El sueño de su vida, un gran informe sobre la mafia en el sur de Francia, puede quebrarse.  Ya le ha costado la vida a su amante y es perseguida por asesinos sin piedad. Refugiada en Les Cévennes, envía su trabajo a su amigo, el ex policía Fabio Montale. Inmediatamente, los muertos se acumulan a su alrededor. La rabia en el vientre, Montale busca vengar a los inocentes pero esta vez, ¡el adversario es de tamaño descomunal!

La información que aporta este libro sobre las actividades de la mafia es minuciosa. Como curiosidad, aparecen citados los jueces españoles Baltasar  Garzón y Jiménez Villarejo, con un estudio suyo de octubre de 1996.

Fabio Montale siente ya un gran cansancio de los hombres y del mundo. Cree en las relaciones sinceras entre los hombres y las mujeres; sin miedo y, por consiguiente, sin mentiras. Aborrece a los tecnócratas porque –para estos sujetos– los marselleses son las clases peligrosas del mañana. Pero es un defensor a ultranza de la amistad:

Decirle: ¿Te acuerdas? Y soltar una suma de recuerdos comunes. Eso es la amistad. Los recuerdos se pueden contar cien veces. Es lo más bonito de la vida.

La realidad provoca una náusea demasiado intensa. Nada ni nadie se salva.

Jean-Claude Izzo, Chapeau!

Comentaris  

#2 ani recio 27-10-2017 12:13
Hay que leerlas en el orden en que las escribió el autor. En efecto, si no se hace así hay muchos personajes que no se entenderían. Molan mogollón
#1 cristina Cano 26-10-2017 10:09
Hace unos años leí "Soleá" y me pareció buenísima, pero había cosas que no acababa de entender. Claro, era la tercera de las tres de J.C. Izzo. Unos años después, me las pude leer en orden. Lo comprendí todo. Son magníficas. Hay que leerlas en orden.

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